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El año de las protestas de la multitud solidaria

Foto: Wikipedia Commons

Un fenómeno especialmente singular de este pasado año 2019 es la generalización de las protestas, acompañadas de desórdenes y violencia, por todos los rincones del mundo. Las movilizaciones de los descontentos chalecos amarillos en Francia fueron las primeras en empezar. La reacción incendiaria es un comportamiento profundamente francés, producto de su historia.

La violencia y el rechazo al otro asume una función integradora en la cultura francesa. La protesta y la contestación son mecanismos de asimilación que han funcionado en la construcción de una nueva identidad, incluso entre los inmigrantes. Las segundas y terceras generaciones de inmigrantes son impulsivas, a diferencias de sus padres y abuelos, porque son franceses, aunque no entiendan nada de lo que es Francia, ni Europa, ni el resto del mundo.[1]

Más allá de Francia, la antorcha de los incendiarios ha prendido en 2019 por todas partes. No es fácil encontrar otro momento histórico en el que la movilización en la calle haya tenido tanta fuerza y en tantos sitios. Realmente, aunque no seamos conscientes del todo, la calle se ha convertido en un nuevo escenario de poder capaz de deslegitimizar a cualquiera o a todas las instituciones, en estados democráticos o no, con un discurso de impugnación estructurado por la gramática del desafío, en no pocas ocasiones violento.

El fenómeno no es nuevo pero nunca hasta ahora había sido tan general y contagioso. El ciclo de protestas se ha iniciado y se propaga con facilidad. Los motivos que provocan la explosión social son locales pero subyacen elementos comunes.

En más o menos proporción, en estos movimientos entran en juego enérgicos reproches contra el ritmo de cambio local frente a la globalización, la desigualdad, la falta de oportunidades, el estancamiento social y económico, la corrupción política, el insuficiente reconocimiento de cuestiones identitarias y, en no pocas ocasiones, la ruptura de la relación, la confianza y los intereses de las elites y del conjunto de la sociedad.

Evidentemente, en un plano más práctico, es necesario tener en cuenta el potencial movilizador de las redes sociales, junto con su carácter  funcional como estructura básica de mando y control. Muchas de estas revueltas no han tenido detrás organizaciones consolidadas sino que han surgido con cierta espontaneidad y sin un liderazgo claro. Esta forma de actuar permite eludir la atribución de las acciones, mientras otros explotan políticamente sin desgaste la sacudida social y sus consecuencias.

Ahora bien, sería un error pensar que las movilizaciones y la violencia que las acompañan son consecuencias de un contexto singular propio del momento y por lo tanto pasajero. Toda esta década ha sido un periodo de protestas, la que viene arrastrará aún más. La gente en la calle ha descubierto su capacidad de ejercer poder y lo seguirá haciendo con más frecuencia. La década de las protestas es solo un aviso de lo que está por venir.[2]

Mientras el mayo francés de 1968 sacudía al mundo, Samuel Huntington lanzaba un ataque frontal a la llamada “ecuación optimista”, que asociaba la modernización económica y social a la creación de sistemas políticos estables y democráticos.[3] Huntington postulaba que la modernización es en realidad causa de inestabilidad. La urbanización rápida, los avances en educación y empleo, la dispersión de las fuentes de información y de comunicación generan expectativas crecientes, que nunca pueden todas ser satisfechas. El resultado es un estado de frustración manifiesta en diferentes grupos sociales que se siente desoídos. En definitiva, es la mismísima prosperidad la que explicaría las protestas.

La paradoja anunciada por Huntington tendría relación con la conocida como “ley de Wagner del incremento de la actividad estatal”, enunciada por el economista alemán Adolph Wagner, figura central de la escuela económica del socialismo de Estado. La ley de Wagner establece una correlación positiva entre el incremento de la renta per cápita y la demanda de bienes sociales.[4] Cuanto mejor marcha la economía, más protestas surgen reclamando mejores servicios sociales. Las actuales revueltas podrían, por lo tanto, no ser consecuencia de la pobreza sino de las expectativas frustradas, políticas, económicas o de aspiraciones.

Iberoamérica es un claro ejemplo. Desde el comienzo del siglo XXI se ha producido una significativa reducción de la pobreza y de la pobreza extrema, una reducción de la desigualdad de los ingresos, un relevante incremento del gasto social, una continua mejora de la inclusión laboral y social, aunque el ritmo de avance se ha ralentizado desde 2015. Sin embargo, las notables mejoras que nadie cuestiona no han servido para proteger a la región de los reproches, al contrario, en esta parte del mundo el malestar ha arraigado profundamente.

Oscar Hahn Garcés, poeta, ensayista y crítico chileno, declaraba recientemente que “lo asombroso de la crisis chilena es que nadie sabe quién o quienes conducen los movimientos de protesta”.[5] Algunos partidos políticos chilenos han intentado reconducir la protesta para liderarla pero la calle se mueve por sí misma y no se considera representada por las estructuras políticas que encauzan en una democracia la participación de la ciudadanía. Hanh Garcés llega más lejos al entender que las protestas no solo son reivindicativas. También tienen un carácter acusatorio contra la elite política del conjunto de los partidos, a los que consideran responsables de la situación.

Desde Perú, el escritor Alonso Cueto Caballero apunta en la misma dirección al señalar que “la diferencia de la crisis actual de las anteriores es que no tiene líderes. Es un movimiento dirigido desde las redes sociales”[6]. Cueto añade una interesante reflexión al destacar que detrás de las quejas no hay un proyecto. No son movimientos revolucionarios o reformistas con una propuesta de cambio institucional que pretendan instaurar un nuevo orden político. La movilización y la violencia que la acompaña es de esta manera un subproducto posmoderno, que pretende de-construir. Su objetivo es solo destructivo, sin saber todavía si por debajo de las movilizaciones hay interés alguno por construir algo nuevo. El malestar se movilizan por el resentimiento, la indignación, la rabia, la rebeldía, el rechazo a un estado de cosas sin saber, sin importar no saber, hacia dónde conduce el impulso de su queja y los efectos que puede tener para cada uno de ellos.

La relación entre las redes sociales y la falta de proyecto, que apunta Cueto, no es casual. Cada día más, la comunicación se ve afectada por la interferencia de las máquinas y sus formatos. Esta circunstancia hace necesario una adaptación del mensaje al medio. Los nuevos lenguajes de los medios digitales son más favorables a lo emocional y a lo intuitivo que a la reflexión analítica, lo que significa un mayor peso de lo simbólico y una disminución de la importancia de lo racional. Estamos viviendo un cambio en el ambiente cultural provocado por las nuevas tecnologías, que impone una readaptación a los nuevos soportes. Los nuevos lenguajes son simples, el eslogan sustituye al discurso y buscan un impacto emocional inmediato, que se sostiene en el tiempo con más mensajes breves y conmovedores que generan adición.

El auge de la cultura digital permite una relación más directa e inmediata, donde  la imagen es más fuerte que las reflexiones más profundas. La literalidad del lenguaje pierde peso frente al lenguaje figurativo. Las relaciones son más inmediatas y directas, parecen, solo lo parecen, ser más personales. De esta manera, el protagonista del mensaje llega a ser tan relevante como el mensaje mismo. Realmente protagonista y mensaje son parte de lo mismo, ambos construyen una relación interactiva y movilizadora, aunque al mismo tiempo, más frívola e infantil.

En los años 50 los estudios sociológicos del comportamiento anticipaban la transformación del hombre viejo, hasta entonces guiado desde dentro por la conciencia,  en un hombre nuevo guiado desde fuera, que sustituye el giróscopo interior, equilibrado por los principios, por un radar social que le guía por los ecos que emiten otros.[7] El desarrollo de las nuevas tecnologías potencia esta tendencia anunciada hace setenta años.

Frente a la seguridad de los principios emerge la inseguridad autorreferencial inspirada por un grupo externo, que cada cual elige sobre la marcha sin ningún tipo de compromiso. El rechazo de los mecanismos tradicionales de socialización, entre ellos la prensa escrita, se transforma en vacío y en miedo a ser marginado. El miedo a la marginación se convierte en un principio de validez absoluta porque todos los demás principios se han descartado.

En esta situación las protestas no tratan de enfrentarse exclusivamente a la pobreza, la desigualdad, la marginalidad social o la represión sino de combatir el miedo a ser desechado por la nueva cultura del descarte que reside también en las redes.[8] El miedo al descarte provoca una angustia vital, consecuencia de la convicción de que ningún estado, sociedad o grupo puede asistir con garantías al individuo, obligado siempre a buscar el reconocimiento en las señales que vienen del exterior, no en las que proceden de su propia conciencia.

En este contexto, el ideario del miedo es la respuesta al despertar del desencanto. La protesta y la violencia son “una búsqueda desesperada de los invisibles de sus propios mecanismos de representación” [9]. Es una poción mágica que otorga protagonismo y forma a los que se sienten aislados, lo sean o no. El desencanto es previo a los motivos de la protestas y es consecuencia de un desmoronamiento de los vínculos personales y sociales de una muchedumbre solitaria. Es el desencanto de la muchedumbre solitaria quien permite entender el carácter transversal y esquivo al liderazgo de las movilizaciones, que encuentra en la misma protesta su causa y su identidad.


[1]https://www.abc.es/cultura/abci-andre-glucksmann-chirac-y-sindicatos-franceses-tienen-igual-mentalidad-destructora-incendiarios-200511130300-612272050570_noticia.html

[2]https://www.ft.com/content/9f7e94c4-2563-11ea-9a4f-963f0ec7e134

“So while 2019 already qualifies for a place in the annals of street protest, it is possible that the really world-shaking year may turn out to be 2020.”

[3] HUNTINGTON, Samuel (2014). “El orden político en las sociedades en cambio”. Paidós, Barcelona.

[4] Ley de Wagner, considera que el desarrollo económico del país impulsa presiones crecientes por parte de la sociedad a favor de un aumento del gasto público por dos tipos de razones: por un lado, las sociedades más desarrolladas son más complejas y producen más conflictos de interacción de los individuos. Por otro lado, los bienes públicos son bienes superiores y elásticos (con relación a la renta, ya que al aumentar ésta aumenta más, en términos porcentuales, su demanda).

[5]https://elcultural.com/que-esta-pasando-en-america-latina

[6] https://elcultural.com/que-esta-pasando-en-america-latina

[7] RIESMAN, David; DENNEY, Reuel y GLAZER, Nathan (1950). “The Lonely Crowd: A Study of Changing American Character”. New Haven, Yale Univesity Press. Editado en España con el título “La muchedumbre solitaria” en 1981 por editorial Paidós, Barcelona.

[8]http://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[9] https://elpais.com/elpais/2019/12/27/ideas/1577471767_306511.html

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Las ideas contenidas en este análisis son responsabilidad exclusiva del autor, sin que refleje necesariamente el pensamiento del CEEEP ni del Ejército del Perú