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La COVID-19 frente a la integración regional latinoamericana

Resumen

El siguiente artículo reflexiona sobre el alcance y el significado de la arquitectura regional latinoamericana en tiempos de pandemia. La amenaza que representa la COVID-19 pone de manifiesto hasta qué punto se hace necesario retomar compromisos multilaterales, desde los que construir un andamiaje institucional que garantice ciertos mínimos comunes denominadores entre los Estados del continente.

Análisis

América Latina aborda esta pandemia sanitaria sin un referente regional claramente definido. A tal efecto, los procesos de integración desarrollados, tras el fin de la guerra fría y la caída de la Unión Soviética, incorporaban en América Latina una marcada impronta aperturista, centrada casi en exclusiva en aspectos estrictamente comerciales y arancelarios, desatendido aspectos o situaciones de crisis como la actual. No obstante, no corren buenos tiempos para algunos de estos esquemas, tal y como es el caso de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), en crisis existencial desde el año 2006, o del Mercosur con relación al cual en estos días, el presidente argentino  Alberto Fernández, señalaba la necesidad de una profunda redefinición. Sobre todo, a tenor del papel disruptivo que, a tal efecto, representa el gobierno brasileño de Jair Bolsonaro. Asimismo, ni el Sistema de Integración Centroamericano (SICA), ni mucho menos, la Alianza del Pacífico, disponen de instrumentos para avanzar en la posibilidad de estrategias o posturas concertadas, frente a problemas como el ocasionado por la COVID-19.

De otra parte, el regionalismo posliberal tampoco puede concebirse como una arquitectura regional en la que encontrar posibles respuestas. La Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), promovida por la petrodiplomacia de Hugo Chávez, allá por 2004, está al borde de una “muerte por inanición”, producto de la situación económica que atraviesa Venezuela. Si bien la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) podría ser ese instrumento regional que otrora hubiera servido como marco de referencia, en la actualidad se muestra igualmente inoperante. No olvidemos que, en abril de 2018, la mitad de sus integrantes suspendía temporalmente su vinculación, mostrando por enésima vez cómo la política regional sigue siendo entendida como política de gobierno, marcadamente ideologizada, y no como estricta política de Estado. Por último, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) sigue fungiendo como un escenario de concertación de mínimos y, por tanto, con escasa capacidad de influencia para conseguir posiciones comunes en escenarios de incertidumbre e inseguridad como éste.

Por lo anterior, la gestión de la crisis y las posiciones frente a la amenaza de la COVID-19 se ha realizado en estricta clave estatal. Es la respuesta, en inicio, más coherente, si se observa el panorama de paulatina des-regionalización que ha tenido lugar en el continente y que, paulatinamente, ha experimentado un proceso de debilitamiento gradual, que ahora se evidencia con notoriedad. Si observamos las principales preocupaciones de las sociedades latinoamericanas, en la mayoría de ellas, la principal es la inseguridad, de manera que cabe pensar en que el recurso de un Estado fuerte, frente a situaciones de crisis transnacionales, es un recurso previsible, aunque en cierto modo insuficiente. Si bien es cierto que pareciera que la situación de alarma generada por la pandemia alienta el retorno del Estado-nación como escala geográfica de referencia, no se puede obviar que, precisamente, su alcance, su significado y su magnitud vienen propiciadas por el nivel de arraigo y complejidad de las interacciones globales.

La escala nacional y la escala regional, lejos de ser excluyentes, son totalmente compatibles, y es ahí por dónde, esta crisis pandémica, bien pudiera motivar la búsqueda de una orientación perdida. Ahora más que nunca, los problemas compartidos sólo pueden ser resueltos desde decisiones comunes y perfectamente es posible encontrar vías de convivencia entre el nivel nacional y el entorno regional.

Esta situación demanda y exige de posiciones y cambios en los códigos geopolíticos de buena parte de la región. En la mayoría de ellos, como se apuntaba, predomina una mirada más en clave de gobierno que de Estado, lo que inexorablemente supone un cortoplacismo oscilante frente a cualquier posible hoja de ruta establecida. Asimismo, la confianza mutua, producto de la misma ideologización de las relaciones exteriores, se encuentra a menudo repercutida, lo que reduce las posibilidades de un capital social latinoamericano en el nivel gubernamental. Fuera de lo económico, las fronteras siguen entendiéndose, no como una cicatriz circunstancial de la historia provista de oportunidades, sino, todo lo contrario, en clave irreconciliable entre un nosotros y un ellos.

Un cambio de escenario como el propuesto, no requiere seguir atomizando el tablero geopolítico latinoamericano, entre proyectos progresistas y conservadores, ya sea de impronta socio-política o estrictamente comerciales. Se trata de optimizar lo ya existente, de articular mecanismos de aproximación entre las agendas económicas y políticas y, sobre todo, con base en alimentar una mayor proximidad y una menor fractura.

Conclusiones

Las políticas comerciales preferenciales, que predominan a través de tratados de libre comercio, tal y como sucede en países como México, Chile, Colombia o Perú, son perfectamente compatibles con escenarios de concertación política y cooperación intergubernamental, en donde abogar por el respeto y el compromiso, respecto de unos mínimos comunes denominadores como democracia, estabilidad regional, multilateralismo o gobernanza. No resulta deseable que el universo de respuestas, frente a la COVID-19, haya sido tan plural como el numero de países que conforman la región, llegando al punto que, incluso, en algunos casos como México, Nicaragua o Brasil se relativice con frivolidad el alcance de la pandemia

La globalización, por más que los escépticos de ésta así lo crean, llegó para quedarse. El capitalismo global y la desfronterización de las relaciones económicas, indefectiblemente, obligan a un sentido global de las relaciones políticas. De esta manera, tiene poco sentido seguir manteniendo al Estado-nación, como la única escala geográfica de referencia. Tal vez, una de las lecciones que debe dejar esta crisis pandémica en el continente, sea precisamente ésa, la búsqueda de una armonía perdida entre lo estatal y lo regional.

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Las ideas contenidas en este análisis son responsabilidad exclusiva del autor, sin que refleje necesariamente el pensamiento del CEEEP ni del Ejército del Perú