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Conflictividad en el Ártico

Foto: Defense.gov

Resumen

El Ártico está experimentando un proceso de deshielo. Desde 1978, ha perdido una superficie de hielo equivalente a más de dos veces el tamaño de Perú. En un plazo razonable de tiempo es previsible un verano con un nuevo océano  completamente limpio y abierto a la navegación. La nueva realidad del Ártico supondrá un cambio geopolítico asociado a tensiones y reclamaciones que no tendrá una solución sencilla.

Análisis

Durante la Guerra Fría, la relevancia estratégica del Ártico ya fue grande pues encarnaba el área de menor distancia entre la URSS y Estados Unidos, lo que propiciaba su militarización. Esta situación se sigue manteniendo hoy.  Los imperativos geográficos permanecen; el estrecho de Davis continúa siendo el principal acceso marítimo al ártico ruso.

Rusia percibe esta situación como una vulnerabilidad, tanto por una insuficiente profundidad estratégica para defender sus puertos árticos, como por el compromiso en la libertad de acción de la Flota del Norte, ya que sus unidades tienen que operar en áreas en que la superioridad naval aliada es manifiesta, lo que, si fuese el caso, impediría tanto su tránsito hacia las aguas libres del Atlántico, como una defensa efectiva de las áreas de despliegue de los SSBN.

El Ártico está experimentando un proceso de deshielo; en 2015 la superficie de hielo en enero había pasado a 9,700 millones de  km2 desde 13,38 millones en 2007; se calcula que desde 1978 ha perdido una superficie de hielo equivalente a 5 veces el tamaño de España, haciendo previsible un verano completamente limpio de hielos en un plazo razonable.

Este deshielo ha posibilitado la aparición de dos nuevas rutas de navegación.  La Ruta del Noreste y la Ruta del Noroeste son pasos dotados de una accesibilidad creciente. La segunda, por el ártico canadiense y 7000 millas, une el Océano Atlántico y el Pacífico y  permitirá reducir la distancia entre Estados Unidos y Asia aproximadamente un 15%.

Pero es la Ruta Noreste la que presenta actualmente mejores características para la navegación. Esta discurre por la costa ártica rusa y conecta directamente los Océanos Pacífico y Atlántico; el cambio climático está favoreciendo la progresiva ampliación de su uso.  Esta ruta es un 40% más corta en distancia entre Europa y el Lejano Oriente, unas 3.900 millas, lo que equivale a de 12 a 15 días, si bien las condiciones adversas reducen el factor de ventaja a un 30% en tiempo. Esta área es de una gran importancia para China que ha dejado de ser un poder incipiente.

Su ubicación geográfica le otorga a Rusia una preeminencia estratégica en lo que se refiere al transporte internacional de mercancías. Por ello, trata de dictar reglas con las que se lleva a cabo la actividad en su entorno cercano aun a pesar de discurrir por fuera de su mar territorial, alegando un interés legítimo, cuanto menos de naturaleza medioambiental. Canadá mantiene una lógica similar, aunque no tan acusada.

Otra de las cuestiones en relación con todo lo anterior es la derivada del estatuto jurídico de los espacios polares. Estas disponen de bases comunes que han permitido se les dote de un tratamiento conjunto a ambos Polos en aquello que resulta común, configurándose una suerte de “Derecho Polar” al existir modelos que resultan comunes y superponibles. Sin embargo sus fuentes de Derecho atienden plenamente a su diferente constitución y las circunstancias e intereses que los rodean. No en vano, la Antártida es una masa de tierra aislada, un continente, mientras que el Ártico es físicamente todo lo contrario, una cuenca oceánica rodeada por los continentes euroasiático y  americano que han servido a su delimitación.

La naturaleza de la Antártida ha posibilitado la creación de una forma jurídica cohesionada, lo que se conoce como Sistema del Tratado Antártico  centrado en el Tratado Antártico de 1959 que, con todas las imperfecciones y vacíos que deja ha creado un régimen de gestión muy consolidado. Ello ha dado pie a que el continente se convierta en una reserva natural única y en un laboratorio excepcional.

Pero en el caso del Ártico no ha sido posible establecer un régimen jurídico internacionalizado y específico, manteniéndose la primacía del Derecho Marítimo Internacional con la que se atiende a su condición de espacio oceánico por más que helado. Destaca en la gobernanza del Ártico la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982 la cual, por otra parte, no ha sido ratificada por todos los interesados, en concreto por Estados Unidos que, sin embargo,  se remite a ella para la resolución de las controversias en la región.

La debilidad de este sistema radica en que no existe ningún organismo operativo que sirva para resolver las controversias entre las partes – el Consejo Ártico, que agrupa a los Estados de la región,  es un instrumento cooperativo y de Soft Law  – circunstancia a la que se suma que nos encontramos en un espacio donde se pueden llegar a enfrentar los intereses de los Estados y estos hasta con los propios de la comunidad internacional en su conjunto.   Y es que el Ártico se ha convertido en un espacio objeto tanto de pretensiones individuales como de preocupaciones comunes por el equilibrio ecológico, geopolítico y económico del planeta.

Así,  no existen normas jurisdiccionales claras y asumidas por todas las partes que sirvan a la definición de sus fronteras, existiendo vacíos y zonas grises. De hecho, se está produciendo lo que ha venido a llamarse una “carrera por el Ártico”, por los recursos del Ártico ahora que parecen más accesibles; o mejor aún hay una imagen de tal cosa, contraria a la realidad cooperativa que hasta ahora es la práctica común y norma. Y al mismo tiempo se trata de dejar literalmente fuera a quienes no pertenecen a la región.

Esta “carrera” se encuentra balizada por el constante intento por convalidar jurídicamente el domino de un espacio cada vez mayor. No es propiamente un reparto de este mar sino más bien una ampliación del territorio realizada a partir del ya asignado. Ello se acentúa porque parte de los yacimientos de hidrocarburos se encuentran en zonas cuya posesión es discutible.

Al igual que sucedió en la Antártida, en los albores de la Guerra Fría, varios países han pretendido justificar su presencia en el Ártica sobre la base de distintas teorías que evidencian un interés político.  Y es que no sólo el deshielo ha afectado al status quo establecido, sino que este se ha sumado a otros factores como los avances tecnológicos que permiten  una mayor accesibilidad a unos espacios ricos en recursos de todo tipo (desde los hidrocarburos a las pesquerías) en un contexto climático más benigno que los hace más accesibles, al que, además, se ha sumado a un período de alza de precios de las materias primas.

Así fue Canadá el país que en 1907 alumbró la teoría de los sectores. En base a ella consideraba las regiones polares una prolongación de las costas de los países que rodean; ni que decir tiene que las suyas y las rusas son las de mayor tamaño. Y Rusia, naturalmente, simpatiza con este planteamiento.  EEUU, con el apoyo de Noruega y Dinamarca, está en las antípodas de esta posición.

La norma que finalmente se impuso para el Ártico fue el Derecho Marítimo al que explícitamente se recurrió como contraposición a lo que se consideró un intento foráneo de intromisión, en concreto de la Unión Europea.

En esta lógica y clave se sitúa el debate referido a la cordillera o dorsal submarina de Lomonosov que alcanza prácticamente el Polo Norte y que es reclamada simultáneamente por Canadá, Dinamarca y Rusia (que suma a sus razones la cordillera Mendeleiev) como parte de la plataforma o margen continental para ampliar sus aguas. En 2007 y a efectos reivindicativos, Rusia, en el contexto de la expedición Arktika, emplazó una bandera a 4200 metros de profundidad, acto este de notable repercusión internacional.

Con ello intentar situar su Plataforma Continental más allá de las 350 millas. Canadá rechazó como arcaico este proceder mientras anunciaba la instalación de nuevas bases militares y un sistema de vigilancia satélite en la zona; Estados Unidos aunque su papel en el Ártico era mucho más limitado también reaccionó en contra. Y Dinamarca envió una expedición científica para reconocer la zona y validar su derecho.

Lo relevante de los planteamientos ruso y canadiense es que, de ser aceptados,  las 200 millas de la zona económica exclusiva en la que los países tienen derecho a explotar  los recursos existentes, se contarían a partir de la cordillera y dado que las cordilleras atraviesan el Ártico, ambos países están reclamando soberanía sobre una amplia extensión de sus aguas. La aceptación supone, por ejemplo y en el caso ruso, una reclamación sobre 1.2 millones de kilómetros cuadrados del Océano Ártico.

Existen además territorios que son objeto de disputa, sin que puedan clasificarse estas como  de gran calado. Tal es el caso de la Isla Hans reivindicada por Canadá y Dinamarca en el mar de Lincoln, en el estratégico Pasaje del Noroeste, en cuyo entorno pueden encontrase importantes cantidades de petróleo y gas; o la isla Franz Joseph Land, a 1.100 kilómetros del Polo Norte, y que pertenece a Rusia desde 1926 siendo no obstante reclamada por  Noruega desde entonces.

Canadá reclama como aguas territoriales una parte del Paso Norte, el mar de Beaufort, mientras Estados Unidos (y la Unión Europea) sostiene que son aguas internacionales pues el mar territorial alcanza hasta las 12 millas y el canal se extiende en algunos tramos alcanza las 60. Para justificar sus razones Canadá aduce criterios técnicos referidos a islas así como que tribus inuit acampan en el durante el tiempo que se encuentra congelado. Rusia también pretende que las aguas del paso Noreste sean de su mar territorial, con lo cual podría dictar condiciones de acceso o impedirlo, lo cual cuenta con el rechazo radical de Estados Unidos y la UE.

Por su naturaleza, cooperativa y contradictoria con lo apuntado, pero que sin embargo es hasta la norma, merece destacarse el acuerdo alcanzado en 2010 entre Rusia y Noruega en base al cual se repartieron por mitades un área de 175.000 kilómetros cuadrados correspondientes a sus Zonas Económicas Exclusivas en disputa entre ambos en el mar de Barents, estableciendo un régimen de cogestión de hidrocarburos y pesquerías. La tecnología Noruega, que Rusia necesita para explotarlos, lo explica.

Como ha podido verse con el cambio han surgido distintos problemas que, por más que se formulen en términos jurídicos, son de una indudable naturaleza política. Estamos hablando, y no lo perdamos de vista pese a la argumentación jurídica que se presenta, de problemas inherentemente políticos.


Este artículo ha sido gracias al Instituto Español de Estudios Estratégicos.

Una versión más extensa de este texto se puede ver en http://www.ieee.es


Referencias

MACKINLAY, Alejandro. “Escandinavia, una geopolítica marcada por lo marítimo”  Documento de Investigación 46/2018 del Instituto Español de Estudios Estratégicos  20 de abril 2018.http://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_opinion/2018/DIEEEO46-2018_Escandinavia_A.Mackinlay.pdf

SÁNCHEZ ANDRÉS, Antonio. “Rusia y la geoestrategia del Ártico”.”.Real Instituto Elcano. ARI 63/2010  06/04/ 2010

CONDE PÉREZ, Elena. “El régimen de los espacios polares. El espacio ártico” en  PÉREZ GONZÁLEZ, Carmen; Cebada Romero, Alicia  . MARIÑO MENÉNDEZ Fernando M (dir.),  Instrumentos y regímenes de cooperación internacional, Editorial Trotta, 2017

NAVAS ITURRALDE, María Fernanda. “La cuestión Ártica” Revista Afese, temas Internacionales, Vol 65, No 65 (2017)

FIGUEROA  GONZÁLEZ, Silvia. ”El           Ártico   en        disputa”. Tecnológico de Monterrey, Campus          Guadalajara. https://biblat.unam.mx/hevila/TendenciasZapopan/primavera/7.pdf

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Las ideas contenidas en este análisis son responsabilidad exclusiva del autor, sin que refleje necesariamente el pensamiento del CEEEP ni del Ejército del Perú