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Diplomacia apoplética. Lo que puede aprenderse de la caótica situación estratégica en Afganistán.

Introducción

Lo que está sucediendo en Afganistán ocasionará muchas desgracias y lamentos no solo en los Estados Unidos sino también en todo el hemisferio occidental. En la práctica, la caída del país en manos de los talibanes retrotrae la situación al año 2001, de tal modo que es legítimo preguntarse ¿qué sentido ha tenido sacrificar dos mil vidas, activar a la Alianza Atlántica por primera vez en su historia e invertir más de un billón de dólares a lo largo de veinte años?[1] Por supuesto, puede aducirse que la historia no es estática, que no hay determinismo que valga y que, por ejemplo, Vietnam ya era, en 1995, veinte años después de su victoria, un país conectado a los Estados Unidos sin necesidad de que Washington permaneciera en Hanoi indefinidamente.[2]

Sin embargo, lo que está sucediendo en Kabul no resiste, en ningún caso, la afirmación del Secretario de Estado norteamericano según la cual en Afganistán se alcanzaron todos los objetivos que Washington se había trazado. Antes bien, podría afirmarse que la Casa Blanca ha sido víctima de una cierta “ansiedad de desempeño”, esa frustrante impotencia causada por un alto grado de estrés que inmoviliza e impide ejecutar cabalmente las tareas emprendidas.[3] Para ponerlo en otros términos, la distorsionada percepción de la realidad por parte del Secretario de Estado norteamericano podría constituir un buen ejemplo de lo que llamaremos “diplomacia apoplética”.

Por analogía con la medicina, esta diplomacia de la apoplejía es la que se caracteriza por un conjunto de disfunciones que aparecen brusca y repentinamente alterando la relación entre la toma de decisiones, la continuidad histórica de un problema y los intereses nacionales, creando así una parálisis entre el servicio exterior y el aparato coercitivo del Estado, por muy poderoso y sofisticado que este sea. En tal contexto, son varios los puntos neurálgicos del desempeño de los Estados Unidos que se ven sensiblemente afectados en el “caso afgano”, que es como, a partir de este momento, se estudiará en ciencia política y relaciones internacionales semejante fiasco diplomático-militar.[4]

La naturaleza del actor y del factor amenazante

Algunos analistas, pensando con el deseo, han transmitido la idea de que los talibanes de hoy ya no son los crueles verdugos de los noventa y que es posible concertar con ellos un futuro constructivo en el área, asimilándolos como los nuevos mejores amigos. Lamentablemente, esta apreciación ilusoria se ha visto rápidamente desvirtuada por hechos incontestables como los registrados por la propia ONU en el informe del Centro Noruego de Análisis Globales, donde se pone en evidencia la auténtica cacería de opositores que, sin ser nueva, se ha acentuado sistemáticamente durante las últimas semanas.[5]

Así como era imposible que las revoluciones castrista, sandinista y chavista fueran afines a los Estados Unidos, el retorno talibán al poder solo servirá para constatar que el fundamentalismo existe y que el extremismo violento antioccidental no es un mero pretexto ideológico coyuntural,[6] tal como puede atestiguarlo en primera persona la minoría étnica hazara. Dicho sin ambages, el nuevo emirato solo podrá entenderse como una entidad mafiosa, promotora del terrorismo, un narcoestado gánster y “nunca una democracia” inclusiva, tal como lo ha expresado, con toda nitidez, el comandante Waheedullah Hashimi: “se trata de la sharia; eso es todo”.

¿Acaso alguien puede -en el mejor de los casos- forzar el intelecto para imaginarse un sincretismo, así fuese artificial o forzado, entre teocracia y poliarquía?

Motivaciones, inspiraciones y adhesiones

Mediante métodos propios de la desinformación y la guerra cognitiva, el emirato no solo captará militantes por doquier para atacar blancos infieles selectos sino que hará de su territorio un renovado centro de entrenamiento y operaciones de guerra irrestricta multidominio y multinivel. Al combinar armoniosamente guerra no evidente y operaciones cinéticas (“guerra cibercinética”), el régimen talibán hará explícito su horizonte operacional, aquel en el que cuenta tanto el expansionismo territorial (a la usanza del ISIS) y la atomización global mediante franquicias socioespirituales (al modo de Al Qaeda). Por consiguiente, hará del terrorismo simbiótico transversal un concepto estratégico polifuncional, apto para desconcertar a Occidente pero, sobre todo, para tejer toda suerte de coaliciones basadas en intereses específicos y compatibles más que en la ortodoxia islámica.[7] Por tal razón, no sería de extrañar algún tipo de entendimiento con Moscú (que hasta ahora ha mantenido al movimiento talibán en su listado de organizaciones terroristas) o Teherán, eslabonando, incluso a Hamás y Hizbolá en razón de un consumado antisemitismo que liga bien con la lucha contra el imperialismo yanqui.

Por ende, algunas democracias liberales, frágiles pero tradicionales, como la colombiana, tendrán que prepararse para enfrentar con todos los medios a su alcance la amenaza yihadista ampliada. Una amenaza global que tendrá (o seguirá teniendo) a Caracas como punta de lanza en Latinoamérica y el Caribe, sobre todo, ahora que Bogotá ha complacido a Washington comprometiéndose a acoger a cuatro mil refugiados afganos cuya pensión será cubierta enteramente por el gobierno del presidente Biden.

Disuasión y racionalidad

En cualquier caso, la brutalidad que ha caracterizado a los talibanes ha contrastado ahora con la autocontención que han exhibido al respetar el minúsculo control del aeropuerto Harzai ejercido por las tropas de la Alianza que se han visto desbordadas por el improvisado operativo de evacuación.[8] En otras palabras, ese caótico desalojo ha sido una concesión, marcada por el despotismo, sí, pero concesión, al fin y al cabo, que el nuevo régimen les ha hecho a los evacuantes, empezando por la dramática forma en que los pocos militares españoles, o el embajador francés, pudieron salir de sus sedes para llegar al embarcadero. Es decir, que si a Hibatullah Akhundzada -dueño y señor del vasto arsenal abandonado por la gran potencia- se le hubiese ocurrido dar la orden de arrasar al puñado de soldados restantes, nada se lo habría impedido, ni siquiera la tardía advertencia del presidente Biden (proferida en medio de sus vacaciones veraniegas) de que “cualquier ataque al plan de evacuación tendrá una respuesta clara e inmediata”.

Y es que si los talibanes se han abstenido de dar esa orden, no lo han hecho en atención al derecho internacional de los conflictos armados, o tan solo por su necesidad de renegociar relaciones diplomáticas, sino por razones prevalecientes directamente relacionadas con su verdadera percepción de todo este escamoteo: ¡La disuasión norteamericana ha fracasado, a tal punto que hay lugar para la magnanimidad! En la práctica, eso significa que los Estados Unidos tienen ahora un problema adicional de profundas dimensiones: el de darle verdadero sentido a sus capacidades frente a las amenazas compartidas.

Así como Mao Tse-Tung asemejaba el poder nuclear estadounidense a un “tigre de papel”, o Vo Nguyen Giap se solazaba con su tesis de la victoria moral sobre el ocupante, así mismo agrupaciones no estatales como Boko Haram, Al-Shabab, Abu Sayyaf, o Jamaah Ansharut Daulah estarán extrayendo ahora sus propias conclusiones. Pero no solo ellos. También algunos Estados concernidos, para mal o para bien, como puede apreciarse en la relación Corea del Norte/Corea del Sur, Irán/Israel, Cuba/Colombia, China/Taiwán, o Rusia/Ucrania.

En concreto, tras analizar lo que está aconteciendo en Kabul, ¿qué tanto se seguirá sintiendo compelido Pionyang a respetar a Seúl, no obstante, la presencia de tropas norteamericanas en el Sur? Y, por otra parte, ¿qué tanto podrá seguir confiando Israel o Taiwán en el compromiso esencial del gobierno demócrata frente a sus amenazas existenciales?[9] Rememorando a la Berlín de la Guerra Fría, ¿por qué Biden pondría hoy en riesgo a Washington tan solo por defender a Jerusalén o a Taipéi?

En consecuencia, ¿no es apenas comprensible que, ante tal dubitación e incertidumbre, el Estado judío recele de la Casa Blanca, tome prudente distancia y se afiance cada vez más tanto en su doctrina nuclear basada en la ambigüedad deliberada como en lo que puede ser más importante aún, los Acuerdos de Abraham firmados con los países árabes moderados?

Para ser prácticos, la disuasión solo es válida si los antagonistas la consideran creíble, sostenible y, sobre todo persistente, es decir, si logra desalentar a los adversarios, aún en el caso extremo de que ellos osen someterla a prueba emprendiendo alguna escaramuza, o un ataque. Pero, ante las muestras de inconsistencia en suelo afgano y ante una conducta aliada tan errátil, es apenas lógico que las amenazas híbridas y parasitarias cobren fuerza para seguir desafiando a la Casa Blanca, midiendo, insistentemente, su capacidad de respuesta (ya no su voluntad de anticipación, ni tan siquiera su ventaja estratégica) hasta apoderarse de espacios y recursos clave en la contienda regional y global.[10]

Obviamente, el impulso de preservación de la presidencia estadounidense ha llevado a Biden a culpar a las fuerzas armadas afganas por su negligencia y lasitud, argumentando que se negaron a librar combate. Pero esta actitud, lejos de reivindicarle le condena aún más por cuanto pone de relieve tanto la incapacidad para entrenar bien a un ejército, habiendo tenido 20 años para conseguirlo, como la ineptitud de la inteligencia interagencial e integrada para calcular acertadamente el potencial de los rivales.[11]

¿Acaso no se mostraron tan sorprendidos los talibanes por la facilidad con que se apoderaron de la capital, como el mismísimo jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos, general Mark Milley, al sostener que “no hubo nada que yo, o alguien más, viera que indicara un colapso en 11 días de ese ejército y ese gobierno”? En otras palabras, nada es tan grave como sugerir que aquellos combatientes que acompañaron desde el primer día a Washington en la lucha contra los perpetradores de los atentados del 11 de Septiembre son simplemente unos cobardes.[12]

Esa insinuación, o aseveración (como quiera verse), lejos de ensalzar al enemigo, o irrespetar al leal colaborador, mina a quien la pronuncia pues, en el fondo, deshonra a los conciudadanos víctimas de los atentados en cuyo nombre se emprendió una de las operaciones más complejas de la historia militar, clausurada unilateralmente y de un plumazo, en un clima de evidente anarquía, desconsideración e insensibilidad.

3R: Resistencia – Reconstrucción – Resiliencia

Llegados a este punto, es necesario formular una pregunta con la que suele empezar cualquier ejercicio tendiente a medir el grado en que se halla comprometido el interés nacional de cara a asumir operaciones en el extranjero: ¿qué estaban haciendo los Estados Unidos en Afganistán?, ¿cuál era la verdadera razón que justificaba su presencia allí?

Aun concordando con el presidente Biden en aquello de que la intención de su país “nunca fue construir un Estado”, lo que parece incontrovertible es que, más allá de represalias o retaliaciones, tras las hostilidades que erradicaron al régimen extremista, la ocupación estuvo consagrada por completo a la reconstrucción.

Más allá de que el tribalismo y la antropología política desaconsejase un formato democrático liberal materializado en un sistema parlamentario o presidencial, o en un modelo territorial federal o autonómico, lo cierto es que el objetivo era evitar que Afganistán siguiera siendo un ejemplo de Estado colapsado, narcotizado y bribón para convertirse en uno funcional e integrado a la comunidad internacional.[13]

Está claro que esto fue difícil de lograr, pero no por ello tenía que caerse en la ligereza de salir huyendo de la noche a la mañana, tirando por la borda las cuantiosas inversiones, muchas de ellas vergonzosamente inútiles, que han sido detalladas sin rubor pero con pesadumbre y consternación por John Sopko, el inspector general para la reconstrucción de Afganistán: “Es duro decir que todo se desperdició”.

Y será duro decirlo, pero los desaciertos son ciertamente numerosos, sobresaliendo -por ejemplo- los 28 millones de dólares que Washington destinó a crear un uniforme militar con patrón de camuflaje para ser usado en zonas boscosas, cuando solo el dos por ciento del país está cubierto de bosques. Anécdotas aparte, el modelo de recuperación y readaptación desatendió los indicadores de resiliencia estratégica dejando al país ante la nada lejana posibilidad de convertirse (nuevamente) en plataforma del terrorismo.

Entonces, ¿empezarán otra vez los Estados Unidos a canalizar recursos, ahora hacia la minoría armada que bajo el mando de Ahmad Masud, el hijo del mítico comandante antitalibán, Ahmad Shah Masud, se proclama desde ya como el eje de la oposición armada?[14]

Los modelos de la presencia en el futuro

Sin duda, esta no será la última vez que los Estados Unidos, en particular y la OTAN, en general, se vean involucrados en operaciones de alta complejidad, muchas de las cuales también serán “guerras inconclusas”, como podrían calificarse las de Corea y Taiwán. De hecho, las guerras inconclusas no son necesariamente tóxicas, ni nocivas, y pueden interpretarse, más bien, como un imperativo, como una realidad ineludible.[15]

Nadie pone en duda el coraje y la valentía de un ejército como el de Seúl, pero, sin la presencia disuasoria de las tropas norteamericanas estacionadas en la península, ¿Cuál podría haber sido el comportamiento de la dinastía Kim Jong-il/Kim Jong-un que, aun así, se han atrevido a desafiar, provocar, hostigar e incluso, atacar a la Corea libre?

En resumen, todo esto supone la necesidad de tener en cuenta que son tres los esquemas de presencia estratégica solidaria mediante los cuales una gran potencia como los Estados Unidos puede contribuir a estabilizar un área por medio de un sistema de equilibrio de poder persistente. Dos de ellos han resultado claramente fallidos y, por tanto, no resultan plausibles; el tercero, en cambio, es el que mejores resultados ha arrojado, siendo, precisamente, el que se ha empleado en los dos casos que acaban de mencionarse: Corea del Sur y Taiwán.

El primero, el parasitario, consiste en que la potencia que apoya suplanta a las fuerzas locales, asumiendo todas las operaciones y las responsabilidades, de tal manera que el socio no pasa de ser un peón y en vez de fortalecerse, se anula, que es, en la práctica, lo que pudo haber sucedido en Vietnam y en el propio Afganistán, pero también lo que podría estar sucediendo en Irak.

En el segundo, el del comensalismo, la potencia que acompaña es la que suele beneficiarse, en un formato de contención de adversarios igualmente poderosos, pero el país acompañado, o en el que la potencia se aloja, no se ve realmente nutrido en materia de desarrollo y libertades, cosa que sucedió con los Estados Unidos durante el intervencionismo clásico de la Guerra Fría en Centroamérica, y sucede hoy con el asistencialismo ruso a Siria, Cuba, Venezuela o Nicaragua.

En cambio, en el tercero, el del mutualismo, ambos actores se ven beneficiados, compartiendo proporcionalmente riesgos y beneficios porque al compartir valores, ideología o, en todo caso, intereses profundos, se fortalecen progresiva y sostenidamente. Como ya se mencionó, este es el sistema que caracteriza la relación de los Estados Unidos con Corea del Sur y Taiwán, pero también con los países Bálticos, los del Consejo de Cooperación en el Golfo Pérsico, Kosovo, o Egipto.

Conclusión

La diplomacia apoplética que caracterizó la relación de los Estados Unidos con Afganistán impidió que el esquema de entendimiento en materia de seguridad se hiciera cada vez más refinado, rentable, mutualista y basado en las 3R (resistencia, reconstrucción y resiliencia). En definitiva, Washington tendrá que esforzarse mucho más de lo previsto para subsanar los errores cometidos por ansiedad de desempeño en el caso afgano. Pero las lecciones aprendidas y la presión intelectual que está recibiendo para que no repita la misma conducta en otros contextos y momentos contribuirán positivamente a revalorizar la cadena de alianzas contra el terrorismo y por las libertades a lo largo y ancho del planeta.

Notas Finales

  1. Bryan M. Jenkins, “Getting Out of Forever Wars: What Are Biden’s Options in Afghanistan?,” RAND Corporation (12 de marzo de 2021), https://www.rand.org/blog/2021/03/getting-out-of-forever-wars-what-are-bidens-options.html, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  2. James Dobbins, “The Biden Administration’s Afghanistan Challenge,” RAND Corporation (16 de marzo de 2021), https://www.rand.org/blog/2021/03/the-biden-administrations-afghanistan-challenge.html, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  3. Muhammad Tariq, et al., “The Theory of War and the Future of Peace in Afghanistan,” International Journal of Innovation, Creativity and Change (14, No. 12, 2020), https://www.ijicc.net/images/Vol_14/Iss_12/15926_Tariq_2020_E1_R.pdf, (consultado el 23 de agosto de 2021)
  4. Leoni Connah, “US intervention in Afghanistan: Justifying the Unjustifiable?,” South Asia Research (6 de noviembre de 2020), https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/0262728020964609, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  5. BBC, “La ‘cacería puerta a puerta’ que iniciaron los talibanes contra ‘colaboradores de Occidente’ según un informe confidencial de la ONU,” BBC Mundo (20 de agosto de 2021), https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-58272682, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  6. Daniel Alm, The US invasion of Afghanistan: A justified war? : A content analysis using just war theory (Statsvetenskapliga institutionen, Uppsala Universitet, 2021), https://www.diva-portal.org/smash/get/diva2:1575088/FULLTEXT01.pdf, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  7. Sarit Zahavi, “Afganistán está perdido. ¿Qué es lo que sigue?,” Aurora / Alma Research and Education Center (22 de agosto de 2021), https://aurora-israel.co.il/afganistan-esta-perdido-que-es-lo-que-sigue/, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  8. Tony Blair, “Why We Must Not Abandon the People of Afghanistan – For Their Sakes and Ours,” Tony Blair Institute for Global Change (21 de agosto de 2021), https://institute.global/tony-blair/tony-blair-why-we-must-not-abandon-people-afghanistan-their-sakes-and-ours, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  9. Yossi Kuperwasser, “La lección de la estrategia de EEUU en Afganistán: Israel debe reconocer los límites del apoyo de la superpotencia,” Aurora / Jerusalem Center for Public Affairs (21 de agosto de 2021), https://aurora-israel.co.il/la-leccion-de-la-estrategia-de-ee-uu-en-afganistan-israel-debe-reconocer-los-limites-del-apoyo-de-la-superpotencia/, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  10. The Wall Street Journal / The Editorial Board, “How Biden Broke NATO. The chaotic Afghan withdrawal has shocked and angered U.S. allies,” The Wall Street Journal (19 de agosto de 2021), https://www.wsj.com/articles/how-joe-biden-broke-nato-allies-boris-johnson-angela-merkel-emmanuel-macron-11629406300?mod=hp_opin_pos_1, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  11. Yoel Guzansky y Daniel Rakov, “The Core of the Regional Struggle: Actors or Camps?,”Strategic Assessment, The Institute for National Security Studies, INSS (24, No. 3, Julio de 2021), https://strategicassessment.inss.org.il/wp-content/uploads/2021/07/Adkan42.3Eng_3.pdf?utm_source=activetrail&utm_medium=email&utm_campaign=Strategic%20Assessment%20-%20volume%2024%20issue%20no.%203, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  12. Condoleeza Rice, “The Afghan people didn’t choose the Taliban. They fought and died alongside us,” The Washington Post (17 de agosto de 2021), https://www.washingtonpost.com/opinions/2021/08/17/condoleezza-rice-afghans-didnt-choose-taliban/, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  13. Udi Dekel, “Seis conclusiones sobre el colapso del gobierno afgano,” Aurora / The Institute for National Security Studies, INSS (19 de agosto de 2021), https://aurora-israel.co.il/seis-conclusiones-sobre-el-colapso-del-gobierno-afgano/?utm_source=Aurora+Israel&utm_campaign=43194eb1c9-EMAIL_CAMPAIGN_2021_08_19_02_37&utm_medium=email&utm_term=0_05444763c4-43194eb1c9-84399308, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  14. Ahmad Massoud, “L’Afghanistan n’a pas perdu la guerre,” La Règle du Jeu (16 de agosto de 2021), https://laregledujeu.org/2021/08/16/37530/afghanistan-ahmad-massoud-nous-restons-seuls-debout-mais-nous-ne-cederons-jamais/, (consultado el 23 de agosto de 2021).
  15. Michael Eisenstadt, “Beyond Forever Wars and Great Power Competition Rethinking the U.S. Military Role in the Middle East”, The Washington Institute for Near East Policy (Junio de 2021), https://www.washingtoninstitute.org/media/4591, (consultado el 23 de agosto de 2021).

 

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Las ideas contenidas en este análisis son responsabilidad exclusiva del autor, sin que refleje necesariamente el pensamiento del CEEEP ni del Ejército del Perú