Resumen
Las decisiones adoptadas por los actores internacionales han ejercido una influencia determinante en la configuración y persistencia de diversos conflictos armados. En este contexto, el presente artículo analiza el papel que desempeñan las principales potencias mundiales en el conflicto palestino-israelí, con énfasis en sus intereses geoestratégicos, económicos y diplomáticos. El estudio emplea una revisión bibliográfica sistemática, sustentada en fuentes oficiales y literatura especializada. Los hallazgos evidencian que Estados Unidos (EE. UU.), Rusia y China han implementado políticas orientadas a la defensa de sus propios intereses, lo que, lejos de contribuir a una solución pacífica, ha intensificado y prolongado la confrontación. Esta dinámica pone de relieve la disonancia entre el discurso diplomático de las potencias y sus acciones en el terreno, lo cual dificulta el logro de una paz duradera en la región del Medio Oriente.
Palabras clave: Palestina, Israel, EE. UU., potencias internacionales, influencia geopolítica, intervención extranjera, conflicto armado.
Introducción
El conflicto armado palestino-israelí se ha desarrollado durante casi un siglo y, en los últimos años, ha adquirido una relevancia considerable en la política internacional. Esta situación responde a la creciente concienciación sobre la coyuntura regional, impulsada por la amplia difusión de información a través de diversas redes sociales, lo que ha permitido observar el incremento significativo de la violencia en la zona de disputa y en las poblaciones cercanas. Como consecuencia, el enfrentamiento afecta directa e indirectamente la relación pacífica entre las naciones involucradas.
En este contexto, resulta pertinente referirse a la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que destaca los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), orientados a mejorar diversos ámbitos sociales para lograr un futuro próspero.[1] De manera específica, el ODS 16, que forma parte de la Agenda 2030, aborda la necesidad de que los Estados cuenten con instituciones sólidas, así como con paz y justicia en las sociedades que los conforman. Sin embargo, la problemática estudiada, que atenta contra la paz en el Medio Oriente, involucra a diversas potencias mundiales, entre ellas EE. UU., China y la Unión Europea (UE), además de influir en las relaciones internacionales tanto de los países aledaños como de otros actores globales, lo que dificulta una convivencia estable entre los involucrados.
Los países con mayor autoridad en el ámbito internacional han desempeñado un papel clave en el transcurso de la confrontación, ya que sus políticas y acciones repercuten en la evolución de la disputa y en sus posibles soluciones. EE. UU., por ejemplo, adoptó una postura de apoyo a Israel, brindándole ayuda militar, económica y política a gran escala. Por su parte, la UE ha gestionado la situación manteniendo una posición equilibrada, al no aplicar sanciones a la invasión israelí, pero sí proporcionando apoyo humanitario a Palestina.[2] En el caso de Rusia y China,[3] Seale señala que estos Estados mantienen relaciones históricas con las naciones árabes, interviniendo con respaldo en los conflictos que estos mantienen con Israel; sin embargo, esta estrategia de colaboración responde principalmente a la intención de asegurar su influencia en los territorios árabes. Por ello, se plantea la siguiente pregunta de investigación: ¿Cuál es el papel de las potencias mundiales en el conflicto palestino-israelí?
Como parte de los antecedentes, resulta relevante destacar que EE. UU., como potencia, ha desempeñado un rol fundamental en diversos conflictos internacionales, siendo el de Palestina e Israel uno de los escenarios en los que ha estado involucrado. En este sentido, representantes de EE. UU. han declarado públicamente montos específicos de colaboración hacia Israel; no obstante, esta asistencia económica suele ser utilizada para la adquisición de armamento militar del propio país donante, y actualmente se ha acordado que la ayuda continuará al menos hasta el año 2028.[4]
Otro aspecto a considerar es la influencia diplomática en el proceso de paz. García[5] sostiene que existen acuerdos establecidos entre Israel y EE. UU., en los que se pacta protección y apoyo mutuo en caso de que alguna de las partes se vea involucrada en guerras o conflictos internacionales de menor escala. Esto sitúa a EE. UU. como proveedor de asistencia bélica a Israel, lo que, sin embargo, retrasa la posibilidad de entablar un diálogo para la finalización del conflicto. Khalidi[6] argumenta que los acuerdos de defensa mutua permiten a Israel mantener su ocupación en territorios palestinos, dado que EE. UU. mantiene una ayuda militar constante al Estado israelí, lo que demuestra que estas acciones por parte de la potencia dificultan una solución pronta al enfrentamiento armado.
A partir de lo expuesto, el presente artículo evalúa el papel que desempeñan las naciones con mayor influencia en el conflicto de Palestina e Israel. Para la investigación se empleó una metodología cualitativa, a fin de distinguir, a través de la posición de los principales actores, la realidad en la que estos se encuentran.[7] Asimismo, se recurre a la teoría fundamentada, que permite profundizar en los aspectos centrales del caso para obtener una nueva perspectiva sobre lo investigado. Se incorpora también la teoría interpretativa, que facilita una mejor interpretación de las fuentes teóricas y la identificación de tendencias en los actores analizados.[8] Todo ello se aplica al escenario de la investigación, donde se localiza principalmente el problema.[9] Igualmente, la epistemología adoptada corresponde a un interpretativismo crítico, reconociendo la influencia de las estructuras de poder y las construcciones sociales en la configuración de los actores y sus acciones en este contexto.
Finalmente, el propósito del artículo es profundizar en el poder que las grandes entidades internacionales ejercen en la disputa y en la forma en que este se manifiesta. Se espera que la investigación contribuya a la toma de conciencia sobre la significancia de las influencias de estos países respecto a los Estados menos desarrollados, de modo que la resolución o prolongación del conflicto dependa de las naciones potencia, cuyas acciones de colaboración moldean el rumbo de la confrontación. En consecuencia, se plantea que los implicados en la contienda, tanto internos como externos, deben renunciar a sus intereses particulares en la zona; de lo contrario, el enfrentamiento persistirá durante un período más prolongado.
Influencia de EE. UU. en el Desarrollo y la Resolución del Conflicto
Para profundizar en este punto, resulta pertinente analizar cómo EE. UU. comenzó a ejercer influencia en el escenario internacional. Luego de la Guerra Fría, la nación estadounidense se consolidó como la principal potencia mundial, especialmente después de la disolución de la Unión Soviética (URSS), lo que le permitió ejercer un dominio significativo en la política global.[10] A partir de este contexto, EE. UU. asumió un papel activo en diversos conflictos posteriores, entre ellos el conflicto palestino-israelí, donde su intervención ha sido relevante. Se esperaría que su participación reflejara una postura equilibrada, sin favorecer a una sola parte; sin embargo, desde la creación del Estado de Israel, EE. UU. ha mostrado afinidad con este Estado, relegando a Palestina. Como resultado, se observa que el país norteamericano brinda apoyo militar y económico a Israel, lo que otorga a este último una ventaja considerable sobre Palestina.
En relación con su intervención en la disputa, Mearsheimer y Walt[11] explican que el armamento proporcionado por EE. UU. a Israel corresponde a tecnología de última generación, situando al Estado israelí en una posición superior frente a sus adversarios. Asimismo, Sharp señala que, en términos de respaldo económico, Israel recibe aproximadamente una quinta parte del presupuesto total de ayuda exterior de EE. UU., lo que equivale a unos 140 000 millones de dólares, destinados principalmente a la defensa antimisiles y asistencia militar. En el ámbito de los intentos de tratados de paz, aunque EE. UU. apoya estos procesos, se evidencia un claro favorecimiento hacia Israel. Por ejemplo, durante la administración Trump, se promovieron acuerdos que incluyeron el reconocimiento de Jerusalén como parte de Israel, lo que generó desconfianza entre la población palestina y puso en entredicho la imparcialidad estadounidense como mediador.[12]
En síntesis, resulta innegable la influencia que ejerce EE. UU. en el desarrollo del conflicto, tanto a través del suministro de armamento como de la asistencia económica. Contrario a lo esperado, su contribución no ha evidenciado una postura imparcial, pues ha marginado a Palestina y ha generado una marcada desigualdad de condiciones. A continuación, se analizarán en mayor profundidad los aspectos relevantes del papel de EE. UU. en la guerra palestino-israelí, abordando desde su política de respaldo militar y económico hasta su actuación como mediador en los procesos de paz.
Desigualdad en la Política Exterior de EE. UU. hacia Israel y Palestina
La política exterior representa un elemento clave en el desarrollo del conflicto palestino-israelí, ya que define la naturaleza y el alcance de la ayuda que puede brindarse en los distintos ámbitos de la disputa. No obstante, EE. UU. ha adoptado una postura favorable a Israel, influida por diversos factores que abarcan desde intereses políticos hasta consideraciones culturales, lo cual ha generado tensiones entre los territorios árabes y ha vulnerado la convivencia pacífica en la región.
Torres sostiene que la diplomacia estadounidense está condicionada por múltiples elementos, entre los que destacan la influencia de la comunidad judía residente en el país y la participación activa de grandes grupos de interés. El autor explica que, dado el carácter abierto de la política norteamericana, diversas asociaciones logran incorporar sus objetivos en la agenda internacional del Estado. Además, la política exterior de EE. UU. responde a beneficios propios, como el acceso a recursos energéticos en la zona del conflicto y la implementación de estrategias geopolíticas, factores que inciden directamente en su posicionamiento respecto a la guerra. En esa línea, Urqueta (2011) añade que EE. UU. percibe el conflicto como una oportunidad para probar su armamento militar, aprovechando la distancia geográfica respecto a su propio territorio. Así, la asistencia brindada estaría motivada principalmente por las ventajas estratégicas que se derivan de su intervención.
Un ejemplo relevante es el denominado “acuerdo del siglo”, impulsado durante la administración Trump entre 2017 y 2021. Aunque el tratado fue presentado como una solución viable para ambas partes, diversos especialistas han señalado que favorece de manera significativa a Israel. Levin[13] observa que el acuerdo otorga a Israel una porción considerable del territorio palestino, incluyendo Cisjordania, lo que dejaría a Palestina con un espacio fragmentado. Por su parte, Martinelli[14] interpreta el pacto como una estrategia de dominación regional, al consolidar la hegemonía israelí en detrimento de las aspiraciones palestinas.
En síntesis, se evidencia una clara inclinación de la política exterior estadounidense hacia Israel, manifestada desde los inicios de la relación bilateral. Durante la administración Trump, se produjo un retroceso en las propuestas de paz, al excluir a los líderes palestinos de los procesos de negociación, lo que revela el escaso reconocimiento otorgado al Estado palestino. Además, la política exterior de EE. UU. tiende a modificarse en función de sus propios intereses en la región, relegando el componente humanitario y perpetuando la desigualdad entre las partes involucradas.
Ayuda Militar y Económica de EE. UU. a Israel
La intervención de EE. UU. en el escenario internacional se ha caracterizado por su persistencia y alcance, y el conflicto israelí-palestino no constituye una excepción. Para la potencia norteamericana, la participación en disputas armadas responde a la protección de intereses estratégicos, especialmente económicos, que contribuyen a la estabilidad regional y fortalecen las alianzas con sus socios.[15] La relación diplomática entre EE. UU. e Israel, establecida desde la década de 1960, ha reportado múltiples beneficios para el Estado israelí, entre los que destaca el apoyo económico y militar, constante en la política exterior estadounidense. Este respaldo se ha materializado a través de una asistencia financiera significativa; Horton[16] señala que dicha ayuda asciende a miles de millones de dólares anuales, lo que permite a Israel mantener una capacidad armamentística avanzada en la región. Además, el gobierno estadounidense suministra tecnologías de defensa de última generación, incluyendo sistemas antimisiles como el Iron Dome. De este modo, la colaboración militar estadounidense fortalece la seguridad y el poder militar de Israel, al tiempo que pone de manifiesto los intereses estratégicos de Washington en la región.
En el ámbito militar, la asistencia estadounidense constituye un elemento recurrente en el conflicto, considerando la situación de tensión permanente en la que se encuentra Israel respecto a Palestina y otros países de la región. Bonilla[17] sostiene que, en los últimos años, las tensiones con Irán en materia armamentística y nuclear, así como los conflictos con Palestina, han motivado que EE. UU. represente un apoyo fundamental en el desarrollo del arsenal israelí, proporcionando material bélico de última tecnología. Este respaldo ha permitido a Israel modernizar su armamento e incursionar en el mercado de defensa, asumiendo una posición de ventaja en el Medio Oriente frente a otros Estados, gracias a los beneficios derivados de la alianza con EE. UU.
En el plano económico, el apoyo estadounidense ha sido determinante en el fortalecimiento de Israel, constituyendo una estrategia para consolidar las relaciones bilaterales y ejercer influencia significativa sobre el territorio israelí. Este financiamiento, de larga data, ha sido objeto de críticas debido a la magnitud de las cifras anunciadas por autoridades estadounidenses y medios internacionales. Según BBC News y Horton,[18] EE. UU. ha comprometido una ayuda de treinta y ocho mil millones de dólares para Israel en menos de diez años, además de fondos destinados al reasentamiento de migrantes en territorio israelí. Estas sumas, tanto las otorgadas en el pasado como las previstas para el futuro, representan un factor clave en el desarrollo y consolidación del Estado israelí.
Por consiguiente, resulta relevante señalar el poder e influencia que EE. UU. ejerce sobre los países del Medio Oriente, siendo el caso de Israel un ejemplo paradigmático. La potencia norteamericana se ha constituido en un proveedor determinante para el desarrollo de naciones en situación similar, motivada por intereses económicos y diplomáticos que subyacen a la asistencia ofrecida. Así, el objetivo principal de la política estadounidense radica en fortalecer su posición en el Medio Oriente, asegurando el acceso a beneficios estratégicos y consolidando su influencia sobre los Estados de la región, incluso cuando el apoyo no es directo.
Rol de EE. UU. como Mediador en los Procesos de Paz
La participación de EE. UU. en los procesos de paz entre Palestina e Israel ha sido objeto de críticas debido a su apoyo incondicional a Israel, lo que ha generado desequilibrios y desconfianza en las negociaciones. Durante décadas, se ha observado una inclinación hacia los intereses israelíes, con frecuencia en detrimento de los derechos y aspiraciones del pueblo palestino.
Canevari[19] señala que, aunque el futuro del sector conservador en Israel resulta incierto, no sería sorprendente que una nueva declaración de EE. UU. socave los consensos internacionales. El veto sistemático ejercido por el país norteamericano en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) frente a resoluciones críticas hacia Israel, así como la falta de presión significativa sobre el gobierno israelí para frenar la expansión de asentamientos ilegales en territorio palestino, han debilitado la credibilidad de EE. UU. como mediador neutral en el conflicto.
Por su parte, Aguirre[20] sostiene que, en nombre del principio de alcanzar la paz únicamente mediante negociaciones, se vulnera el principio de la Carta de las Naciones Unidas que prohíbe la adquisición de territorio por la fuerza, permitiendo así que Israel continúe con una política de hechos consumados. Esta falta de imparcialidad ha generado desconfianza tanto entre los palestinos como en la comunidad internacional, debilitando los esfuerzos orientados a lograr una solución justa y duradera al conflicto. Bosemberg[21] plantea la necesidad de poner fin al monopolio estadounidense como “mediador” en las negociaciones y de organizar una conferencia internacional que incluya a todos los actores involucrados. La ausencia de equilibrio y neutralidad ha sido motivo de crítica constante, pues se cuestiona la capacidad de EE. UU. para actuar como un mediador imparcial y efectivo en la resolución del conflicto.
Desde esta perspectiva, la parcialidad de EE. UU. y su respaldo a Israel han sido factores determinantes en el debate sobre su papel en los procesos de paz entre Palestina e Israel. En consecuencia, para lograr avances significativos hacia una paz sostenible y equitativa en la región, resulta imprescindible promover una participación más equilibrada y objetiva de EE. UU. en las negociaciones.
Impacto de las Potencias Globales y Regionales en la Dinámica del Conflicto Palestino-Israelí
En el complejo conflicto armado entre Palestina e Israel, el papel de las potencias mundiales ha resultado fundamental. EE. UU., por ejemplo, ha implementado métodos intervencionistas, principalmente a través del apoyo económico y militar, con el objetivo de ejercer control en la región. Por su parte, China ha optado por un enfoque diplomático, estableciendo relaciones internacionales y definiendo estrategias que priorizan la influencia política y económica.[22] De este modo, ambas potencias han incidido en la dinámica política, económica y militar de la región. A medida que la crisis se profundiza, diversas naciones y bloques regionales han adoptado posturas que reflejan sus intereses estratégicos y geopolíticos, adquiriendo protagonismo por la influencia que ejercen sobre el desarrollo del conflicto.
En este contexto, resulta esencial comprender cómo las potencias de la región oriental, junto con otros actores globales, han configurado alianzas y rivalidades en el conflicto. Según Martinelli,[23] entre las potencias aledañas a los países en disputa destacan Turquía y Arabia Saudita, naciones que han experimentado un notable desarrollo e incremento de su influencia regional, y que mantienen una marcada afinidad con EE. UU. Por otro lado, Irán adopta una postura de oposición a la influencia estadounidense y, aunque mantiene cierta neutralidad, evidencia una inclinación hacia China. Las decisiones de estos Estados han sido determinantes para la evolución del conflicto y sus repercusiones en la estabilidad regional, al involucrar intereses propios y aprovechar oportunidades derivadas de la coyuntura.
De esta manera, la influencia de las potencias y de los países circundantes, como Turquía, Arabia Saudita e Irán, así como de actores globales como EE. UU., China y el Reino Unido, constituye un factor decisivo en el conflicto armado entre Palestina e Israel. Esta influencia ha afectado tanto el desarrollo del enfrentamiento como la búsqueda de soluciones pacíficas o alternativas de mejora. Por lo tanto, analizar el papel que desempeñan otras naciones en situaciones ajenas resulta fundamental para comprender el contexto actual y las diversas perspectivas de futuro en la región del Medio Oriente.
Motivaciones Políticas, Económicas y Estratégicas de Rusia en el Conflicto Palestino-Israelí
Desde la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la Federación Rusa ha procurado reafirmar su influencia en el escenario internacional, considerando al Medio Oriente como un espacio estratégico para su proyección global. La presencia de Moscú en esta región es clave debido al impacto que ejerce en las relaciones internacionales y en la configuración de alianzas regionales. A través del respaldo a países del Medio Oriente, el gobierno ruso busca posicionarse como un actor relevante en la política árabe, tanto mediante la diplomacia como a través de intervenciones militares, con el objetivo de contrarrestar la influencia de EE. UU. en la zona.[24] Este enfoque le permite fortalecer lazos con los países árabes y consolidar su papel como mediador en los conflictos regionales.
El conflicto entre Palestina e Israel también adquiere importancia desde la perspectiva económica, ya que la estabilidad regional resulta esencial para asegurar inversiones y mantener relaciones comerciales. Al apoyar a Palestina y a otros Estados en disputa, Rusia procura abrir oportunidades para establecer acuerdos comerciales ventajosos, especialmente en un contexto de competencia global por recursos y mercados. Rullansky[25] subraya que esta estrategia incluye el establecimiento de bases en el Mediterráneo, lo que refuerza la presencia rusa en la región. En el ámbito estratégico, la posición de Moscú en el conflicto le permite ampliar su influencia militar y política en el Medio Oriente. Su respaldo a Palestina y la interacción con grupos como Hamás constituyen vías para contrarrestar a sus adversarios, entre ellos Israel, que, según Martinelli,[26] mantiene una mayor afinidad con EE. UU. Además, el Kremlin busca fortalecer alianzas con países que se oponen a la hegemonía occidental, lo que le otorga mayor control sobre la dinámica regional.
Por todo lo expuesto, las motivaciones de Rusia en la disputa entre Palestina e Israel se articulan en torno a intereses diplomáticos, estratégicos y económicos. Mediante su apoyo a la causa palestina, el Estado ruso no solo pretende reafirmar su influencia política y económica en la región, sino también consolidar su posición estratégica frente a otros actores globales. Su actuación en esta contienda regional refleja ambiciones geopolíticas y el propósito de recuperar un rol protagónico en el escenario internacional, como señala Waltz, citado por Rullansky.[27]
Intereses y Diplomacia de China en el Conflicto Palestino-Israelí
China, como potencia emergente de creciente presencia global, ha adoptado un enfoque estratégico respecto al enfrentamiento entre Israel y Palestina. Su intervención se distingue por la defensa de intereses económicos y una diplomacia activa orientada hacia la estabilidad regional. El interés de Pekín en esta área geopolítica responde a la necesidad de asegurar recursos energéticos y expandir su red comercial. Este espacio geográfico resulta crucial para la iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative [BRI]), un ambicioso proyecto de infraestructura y conectividad que busca fortalecer los vínculos económicos con países de Asia, Europa y otras zonas.[28] En ese sentido, la estabilidad en el Medio Oriente es vital para garantizar el suministro de petróleo y gas, así como para facilitar el comercio global.
Paralelamente, el gigante asiático procura consolidar su influencia política mediante el respaldo a los Acuerdos de Abraham, los cuales normalizan relaciones entre Estados árabes e Israel,[29] reforzando su perfil como mediador regional. Al manifestar su respaldo a Palestina, la República Popular China (RPC) fortalece su vínculo con las naciones en desarrollo y proyecta una imagen de defensora de la autodeterminación de los pueblos. La estrategia diplomática de Pekín en el contexto de la disputa israelí-palestina se ha caracterizado por la promoción de un enfoque multilateral y balanceado. China ha abogado de forma constante por el diálogo y la negociación como vías legítimas para la resolución del diferendo.[30] A través de su participación en foros multilaterales como la ONU, ha asumido un papel activo en la defensa de los derechos del pueblo palestino, impulsando resoluciones orientadas a condenar la violencia y la ocupación. Esta actitud proyecta una imagen de imparcialidad estratégica, lo cual reviste especial importancia en un contexto donde EE. UU. es percibido como afín a los intereses israelíes.
Por consiguiente, el papel de China en el conflicto palestino-israelí está impulsado por prioridades económicas y una diplomacia activa. A medida que busca ampliar su influencia en el Medio Oriente, su enfoque equilibrado y su compromiso con el desarrollo regional le permiten fortalecer los lazos con los países árabes, al tiempo que promueve un marco de cooperación internacional orientado a la estabilidad y la paz. Esta actitud contrasta con la imagen proyectada por otras potencias, posicionando a China como un actor confiable y un aliado estratégico en la región.
Contribución de la UE en la Promoción de la Paz
La UE se ha consolidado como un actor clave en los procesos de paz internacionales, desempeñando funciones de mediación en diversos escenarios y promoviendo la estabilidad en regiones afectadas por la violencia. Desde su creación, la UE ha impulsado la integración económica y política entre sus Estados miembros, así como la extensión de principios de cooperación y diálogo más allá de sus fronteras. Además, su enfoque en la diplomacia, el desarrollo y la asistencia humanitaria ha permitido que la organización se posicione como referente en la resolución de disputas, desde los Balcanes hasta el Medio Oriente y África.
De acuerdo con Iñarritu,[31] mediante políticas que integran la promoción de los derechos humanos, el respaldo a la democracia y el fomento del desarrollo sostenible, el bloque europeo ha procurado abordar las causas estructurales de los conflictos y facilitar la construcción de un orden global pacífico. Este compromiso con la paz y la seguridad se refleja en su participación activa en negociaciones, su apoyo a misiones de mantenimiento de la paz y su capacidad para influir en actores clave del sistema internacional, lo que subraya la relevancia de la entidad comunitaria en los actuales procesos de paz.
En el caso del diferendo entre Israel y Palestina, la UE ha adoptado una posición activa como facilitadora del diálogo y promotora de iniciativas orientadas a la solución pacífica del problema. Gonzalo[32] resalta que su influencia se sustenta en el peso económico del bloque, su adhesión a principios fundamentales y su interés en preservar la estabilidad geopolítica del Medio Oriente. Entre las contribuciones más relevantes de su participación destaca el apoyo humanitario y financiero destinado a los territorios palestinos. Por medio de diversos programas de cooperación internacional, la organización procura mejorar las condiciones sociales y económicas de la población palestina, al tiempo que impulsa el fortalecimiento de sus instituciones.
Postura de la UE Frente al Conflicto Palestino-Israelí
La postura de la UE frente al conflicto armado palestino-israelí ha sido históricamente compleja y de múltiples dimensiones, reflejando la diversidad de opiniones entre sus Estados miembros, así como su aspiración de asumir un rol constructivo en la búsqueda de la paz. A lo largo del tiempo, la organización ha sostenido un compromiso firme con la solución de dos Estados, respaldando tanto el derecho del pueblo palestino a conformar un Estado independiente como el de Israel a vivir en condiciones de paz y seguridad. Sin embargo, esta posición ha enfrentado desafíos y críticas tanto internas como externas.
El bloque europeo se ha distinguido por su defensa del diálogo y la negociación, considerando que una paz duradera solo puede alcanzarse mediante un proceso inclusivo. Según Álvarez,[33] este enfoque se traduce en un respaldo constante a iniciativas diplomáticas, como conferencias de paz y esfuerzos mediadores. La UE ha instado a Israel a detener la expansión de asentamientos en territorios ocupados, considerando que estas acciones constituyen un obstáculo para la paz y resultan contrarias al derecho internacional. Al abordar estas violaciones, la entidad busca transmitir un mensaje claro: el respeto por los derechos humanos y las resoluciones de la ONU resulta esencial para cualquier solución viable.
A pesar de lo anterior, la postura de la UE ha sido objeto de críticas por su falta de contundencia. Aunque condena determinadas políticas israelíes, mantiene vínculos comerciales y políticos con dicho Estado, lo cual diversos sectores consideran incongruente con su compromiso declarado con la justicia y la equidad. En este sentido, Jones,[34] en una entrevista a la Relatora Especial de las Naciones Unidas, Francesca Albanese, advierte que la inacción de la UE frente a las transgresiones israelíes contribuye a perpetuar la impunidad y refleja una “desconexión” entre los líderes europeos y amplios sectores de la ciudadanía, que han exigido reiteradamente un alto el fuego en Gaza.
Por otra parte, la diversidad de opiniones entre los Estados miembros complica aún más la formulación de una política exterior unificada. Algunos países mantienen vínculos estrechos con Israel y pueden mostrarse reacios a respaldar decisiones que se perciban como hostiles.[35] Esta división interna debilita la capacidad de la UE para actuar de manera decisiva y efectiva, limitando su influencia en el proceso de paz.
Mecanismos de Ayuda Humanitaria e Iniciativas Diplomáticas de la UE
La UE desempeña un papel fundamental como mediadora en la promoción de la paz tanto entre los países que la integran como con sus socios estratégicos. Un ejemplo relevante es la relación que mantiene con Israel, nación que, si bien no forma parte de la UE, sostiene acuerdos comerciales con sus Estados miembros. Esta vinculación explica el interés de la UE en la resolución del conflicto palestino-israelí. No obstante, a pesar de las relaciones con el Estado israelí, las políticas de apoyo de la UE se orientan principalmente hacia la población palestina, considerando que las acciones israelíes en territorios palestinos constituyen una violación de los derechos humanos de los habitantes afectados.[36]
El Consejo Europeo[37] informa que la UE ha destinado 1 100 millones de euros en asistencia al pueblo palestino, permitiendo la cobertura de necesidades esenciales. Este monto representa una aproximación de la ayuda económica proporcionada desde el año 2000. Sin embargo, a partir de 2023, la UE estableció un plan de gastos específico de aproximadamente 941 millones de euros para la población palestina, lo que garantiza la continuidad del apoyo en la región.
En cuanto a la naturaleza de la asistencia, la UE centra sus esfuerzos principalmente en la provisión de alimentos, agua, atención médica y refugio, elementos cruciales para la protección de la población civil frente a los ataques. Además, hasta octubre del presente año, la UE ha coordinado vuelos con cargamentos humanitarios destinados a la zona de conflicto.[38] Respecto a la protección infantil, la Comisión Europea[39] señala que se han destinado aproximadamente 34 millones de euros para salvaguardar los derechos y el bienestar de los niños palestinos. Estas acciones resultan fundamentales, ya que la escalada de violencia derivada de la ocupación incrementa la vulnerabilidad de la población, lo que reafirma la importancia de la intervención europea.
En consecuencia, la UE mantiene un respaldo constante a la población palestina, contribuyendo a equilibrar parcialmente el desarrollo del conflicto. Sin embargo, la ausencia de una política exterior unificada entre todos sus miembros dificulta la adopción de una postura plenamente neutral o centrada exclusivamente en consideraciones humanitarias. Por otro lado, Israel cuenta con el respaldo casi incondicional de EE. UU., lo que refuerza la relevancia de la UE en el contexto de la guerra. Gracias a sus iniciativas diplomáticas y humanitarias, la población palestina ha logrado resistir ante la creciente violencia. Aunque el enfoque de la UE privilegia la búsqueda de una solución pacífica y equitativa, la intensificación del conflicto la ha llevado a asumir una postura más definida en defensa de los derechos humanos y la protección de los civiles.
Postura Crítica de la UE frente a la Ocupación Israelí de Palestina
La UE ha manifestado de manera constante su rechazo a la ocupación de territorios palestinos por parte de Israel, debido a la evidente asimetría de poder entre ambas partes. Esta desigualdad se explica, en parte, porque Israel dispone de un ejército profesionalizado, mientras que Palestina recurre principalmente a su población civil, la cual carece de la capacitación necesaria para la defensa nacional. El primer elemento que motiva la desaprobación de la UE radica en que, desde 1967, Israel ocupa territorios poblados por palestinos, específicamente Cisjordania, Jerusalén Este y la Franja de Gaza.[40] No obstante, Zeidan sostiene que estos territorios también forman parte de la historia israelí, argumento que se utiliza para justificar la ocupación. Por esta razón, persiste el debate sobre la legalidad y legitimidad de la intervención israelí en dichos territorios. En este contexto, la UE se posiciona a favor de la parte más afectada, es decir, Palestina.
En relación con su postura, la UE emite llamados de atención al Estado de Israel por violar el derecho internacional mediante la expansión en territorio palestino y el traslado de su población civil a esos asentamientos, en incumplimiento de lo establecido en la Convención de Ginebra, lo que da lugar a la creación de asentamientos considerados ilegales.[41] En los últimos años, la institución comunitaria ha instado a Israel a cesar la expansión en los territorios ocupados, considerando que esta medida constituye la única vía para alcanzar una paz duradera en la región. De igual forma, parte de la ayuda internacional se ve obstaculizada, lo que pone en riesgo a las comunidades destinatarias y agrava la tensión entre las partes, repercutiendo negativamente en la población palestina.[42]
El bloqueo impuesto a la Franja de Gaza representa una prolongación de la crisis humanitaria que afecta a Oriente Medio. Por tal motivo, las autoridades de la UE califican las consecuencias de este conflicto como insostenibles y solicitan el levantamiento del bloqueo como condición indispensable para una solución adecuada. Sin embargo, la UE también dirige críticas a las autoridades palestinas, a quienes señala por presuntos actos de corrupción y deficiencias administrativas, lo que dificulta la negociación bilateral y la representación efectiva de los intereses de la población palestina.[43] Pese a estas limitaciones, la UE mantiene su apoyo a la población palestina, tanto en el ámbito económico como en el diplomático.
En consecuencia, la crítica de la UE se justifica por la persistente violación de normas internacionales y derechos humanos que afecta a la población civil en el contexto del conflicto y su prolongación. Aunque los esfuerzos europeos, tanto económicos como humanitarios, resultan significativos, su impacto se ve limitado por la falta de unidad entre las naciones involucradas. Cabe destacar, sin embargo, el compromiso constante de la UE con la protección de la población palestina, en contraste con el respaldo militar que EE. UU. proporciona a Israel.
Conclusiones
El análisis desarrollado en el primer capítulo permite afirmar que el papel de EE. UU. en el conflicto palestino-israelí resulta determinante. La influencia estadounidense, sustentada en su condición de potencia global, ha inclinado el curso de la guerra mediante un respaldo militar y económico que favorece a una de las partes. No obstante, la política exterior de este país, centrada en el suministro de armamento y recursos, ha intensificado la violencia en la región, al tiempo que restringe el diálogo únicamente a uno de los actores involucrados. Como resultado, el supuesto rol mediador de EE. UU. se ha visto desvirtuado, priorizando sus intereses estratégicos sobre la búsqueda de una paz sostenible. Por ello, se evidencia la necesidad de que los gobiernos internacionales impulsen verdaderos procesos de avenencia interinstitucional orientados al bienestar de la población afectada.
Respecto al segundo capítulo, se concluye que el conflicto entre Palestina e Israel reviste una importancia geopolítica considerable, al atraer la intervención de diversas potencias. China y Rusia, actores relevantes en el escenario internacional, han manifestado su interés mediante estrategias diplomáticas que buscan fortalecer su influencia en el territorio disputado. Ambas naciones han modificado la dinámica del conflicto a través de alianzas y posicionamientos que persiguen ventajas estratégicas y proyectan una imagen de mediación y equidad. Sin embargo, la competencia entre estas potencias plantea obstáculos significativos para alcanzar una solución duradera. Por tanto, la transformación del conflicto dependerá de la capacidad de los Estados participantes para cooperar en la construcción de una paz que respete los derechos y aspiraciones de ambas comunidades.
El tercer capítulo evidencia que la UE ha desempeñado un papel crucial en la promoción de la paz internacional, asumiendo funciones de mediación y defensa de la democracia y los derechos humanos, con énfasis en la diplomacia. La UE se ha consolidado como un actor relevante en la gestión del conflicto palestino-israelí; sin embargo, enfrenta desafíos tanto internos como externos, tales como la ausencia de una política exterior unificada y la ambigüedad en su condena a las acciones israelíes. En este contexto, resulta imperativo que la UE adopte una postura más coherente y decidida para consolidarse como mediador legítimo, manteniendo su apoyo humanitario y diplomático con el fin de mejorar las condiciones de vida de la población afectada y propiciar una solución justa y duradera. Solo de esta manera podrá erigirse como un agente de cambio en la promoción de la paz y la estabilidad en regiones afectadas por conflictos.
De manera general, el estudio confirma que el conflicto entre Palestina e Israel constituye un eje central en la geopolítica contemporánea, al involucrar tanto a los actores directamente afectados como a potencias globales interesadas en ejercer influencia regional. Se ratifica que la intervención de Estados Unidos ha contribuido a la prolongación de la violencia y ha desviado la atención de la búsqueda genuina de una solución pacífica. Paralelamente, potencias como China y Rusia, motivadas por intereses estratégicos, han dificultado la consecución de una resolución definitiva. Por su parte, la UE no ha logrado consolidarse como mediador efectivo debido a obstáculos internos y a la carencia de una política exterior cohesionada, lo que limita su incidencia en el proceso de paz. En este sentido, resulta evidente que la resolución sostenible del conflicto exige que las potencias adopten enfoques más coherentes y comprometidos con la defensa de los derechos humanos, relegando sus intereses particulares en favor de la estabilidad regional.
Notas finales
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